En Forastera, Lucía Aleñar explora el duelo desde un territorio donde el realismo convive con lo fantástico. Conversamos con la cineasta debutante sobre la gestación de una película que convierte la ausencia en una forma de presencia.
Cata (Zoe Stein) asiste a un acontecimiento traumático durante el último verano de su adolescencia: cuando se halla atravesando el umbral hacia la mayoría de edad, su abuela fallece inesperadamente. Confundida y apesadumbrada, pero también hambrienta de vida, la joven deberá afrontar la pérdida aprendiendo a habitar la ausencia. “Desde el principio me interesaban esas emociones tan extrañas que rodean el duelo. Cuando perdemos a alguien, evidentemente sentimos su falta, pero también nos ocurre algo muy curioso: de alguna manera, nuestro mundo interior se expande. Buscamos formas de mantener cerca a quienes ya no están y acabamos proyectándolos sobre otras personas, objetos o lugares”, cuenta Lucía Aleñar desde Palma de Mallorca, donde Forastera inaugura estos días la 16.a edición del Atlàntida Film Fest, última parada de un recorrido internacional que comenzó en el Festival de Toronto, donde obtuvo el Premio FIPRESCI, y continuó por certámenes como Seminci, Estocolmo, Roma, Marrakech o Taipéi.

Forastera nace de un cortometraje homónimo, pero entre la realización de ambos proyectos han pasado cinco años.
En realidad, Forastera siempre fue un largometraje. Empecé a escribirlo mientras cursaba un máster en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Durante aquel año conocí a la productora Marta Cruañas, y juntas decidimos hacer una primera versión en formato corto para explorar el tono de la historia. El rodaje fue muy bien y el corto tuvo un recorrido muy bonito. Después pasé varios años pensando cómo volver a contar aquella historia sin repetirme, ni en lo argumental ni en lo visual. Me apetecía seguir trabajando el personaje de Cata, pero quería empoderarla más: en el corto era alguien a quien le ocurrían cosas y reaccionaba ante ellas; aquí quería que fuera ella quien se adentrara en esa transformación y tuviera un papel más activo. También me interesaba explorar el universo fantasmagórico de la película. Quería acercarme al cine de género, pero desde otro lugar. No me interesaba introducir un fantasma que regresara para saldar una deuda o provocar miedo, sino una presencia luminosa, tierna, casi reconfortante.
Ya habíais trabajado juntas en el cortometraje y ahora volvéis a encontraros en el largometraje. ¿Qué supuso recuperar a Zoe Stein para seguir construyendo el personaje de Cata?
Fue una suerte. Volver años después, con otras vivencias y otra mirada sobre el personaje, fue muy bonito. Además, afrontar una primera película da mucho vértigo; todo es nuevo, todo resulta muy intenso y, en ocasiones, bastante abrumador. Tener a Zoe al lado me dio muchísima tranquilidad. Compartimos una manera muy parecida de trabajar: nos gusta probar, no tener todas las respuestas y dejar que el personaje conserve cierto misterio. Intentamos no intelectualizar demasiado cada decisión, sino dejarnos llevar por la intuición.

La película posee una cualidad muy particular: en ella conviven una materialidad muy física (los cuerpos, los objetos, el viento, el mar) y una dimensión etérea, casi espectral. ¿Cómo construiste esa atmósfera desde la puesta en escena?
Fue un proceso muy colaborativo. Desde el principio tenía claro que quería que la isla (Mallorca) fuera un lugar reconocible, pero también ligeramente desplazado de la realidad. Con la directora de fotografía Agnès Piqué y la directora de arte Gala Seguí hablé mucho de construir imágenes que funcionaran casi como postales. Buscábamos que esos grandes planos abiertos, muy compuestos y muy bellos, resultasen atractivos al espectador, pero que este, al detenerse a mirarlos, detectase también en ellos un cierto artificio: colores demasiado armónicos, composiciones excesivamente perfectas… Como si algo ligeramente inquietante habitase bajo toda esa belleza.
¿Tuviste en mente alguna referencia?
Una de las principales fue Tres mujeres, de Robert Altman (1977). También la obra completa de David Lynch, por su capacidad para construir esas atmósferas donde lo cotidiano convive con una extrañeza constante. Y mencionaría también A Ghost Story (2017), la película de David Lowery, por su forma de aproximarse a lo fantasmagórico desde un lugar íntimo y personal, alejado de los códigos habituales del fantástico.
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