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Guillermo del Toro y Jacob Elordi nos hablan de su trabajo en ‘Frankenstein’, el proyecto soñado del director: “Los monstruos no están fuera, sino en nosotros; llevan traje y corbata”

Guillermo del Toro llevaba dos años soñando con este proyecto: Frankenstein. Tras su estreno en el Festival de Venecia llega a las salas este 24 de octubre. Hablamos con el director y su reparto: Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth y Christoph Waltz.

Por Marta Perego

“Y así el corazón se romperá y, sin embargo, roto, vivirá”. Con este conmovedor verso de Lord Byron, gran amigo de Mary Shelley, Guillermo del Toro abre el telón de Frankenstein, la película que llevaba toda la vida esperando hacer. No se trata sólo de una película de terror que devuelve a la pantalla a uno de los monstruos más explotados de la cultura popular, sino de una imaginería gótica y visionaria que da vida al corazón palpitante de la obra de la gran autora inglesa de 1818, con la que nació la literatura moderna de terror y ciencia ficción. “Leí la novela a los siete años; el ADN de aquella chica de 19 años se fundió con el mío”, dice Guillermo del Toro, que, tras 30 años de monstruos, imágenes y visiones, decidió por fin hacerse con Frankenstein, el arquetipo con el que empezó todo. En un momento en que la IA parece capaz de sustituirnos en todo, el director devuelve a la obra toda su fuerza contemporánea en el choque entre el ser humano y la naturaleza, a la vez que ahonda en otros temas como la soledad, el rechazo y el profundo deseo de ser visto tal y como uno es. “La película quiere mostrar nuestro derecho a la imperfección y nos recuerda lo que significa seguir siendo humanos en plena época de deshumanización”, insiste el mexicano.

La película de Del Toro, tan suntuosa como íntima y dolorosa, relata la historia del científico Victor Frankenstein (interpretado por Oscar Isaac) en su desafío a la medicina y a la muerte al intentar crear al ser perfecto, encarnado por Jacob Elordi. Para el director, este personaje no es un mosaico de cadáveres mutilados, como hemos visto en otras versiones, empezando por la obra maestra de James Whale de 1931 protagonizada por Boris Karloff, sino más bien un nuevo Prometeo (como reza también el subtítulo de la obra original), que aprende a moverse, a hablar, a amar y a odiar, así como a vengarse, en un mundo al que ha sido arrojado contra su voluntad. La trama de la cinta avanza por dos caminos paralelos: el del doctor Frankenstein, obsesionado por la creación y la muerte, y el de la criatura, revestida de fragilidad y despojada del cliché del terror. En la primera parte vemos cómo el científico-artista se obsesiona con su visión; en la segunda, la criatura nos ofrece su versión de los hechos.

“Sólo tuve nueve semanas para prepararme —dice Elordi, en referencia a que entró después de que Andrew Garfield abandonara por conflictos de agenda—, pero enseguida me di cuenta de que la criatura hablaba de mí. De mi soledad y mi dolor. Veréis la versión más auténtica de mí mismo”.

La película gira en gran medida en torno a la relación entre el creador y la criatura, entre Victor y un ‘monstruo’ que sólo quiere ser aceptado tal y como es, en su diversidad. “Quise creer en la posibilidad de un encuentro entre dos individuos que nunca habrían podido encontrarse en un terreno pacífico”, explica Del Toro. “En cambio, en mi película, están en paz, lo que demuestra que siempre hay un terreno fértil para la reconciliación. Y este es un mensaje de gran actualidad”.

Aunque no aparece en la novela, es un personaje clave en la película: Henrich Harlander, interpretado por Christoph Waltz, es un traficante de armas que cree que puede comprar todo con dinero. Incluso la vida eterna. “Harlander creía que su riqueza podría controlar la ciencia”, explica Del Toro. “Puso un instrumento científico en manos de Victor, convencido de que la técnica bastaba para crear vida. Pero era una ilusión. Pensaba que el dinero podía convertirnos en dioses. Y es una cuestión dramáticamente urgente”.

Del Toro lleva al espectador de viaje para descubrir a los verdaderos monstruos, que están más cerca de lo que creemos: “No están fuera, sino en nosotros; llevan traje y corbata”. El director mexicano siempre se ha movido en una línea en la que, de sus monstruos –como el fauno, el hombre pálido o la criatura anfibia de La forma del agua–, emerge una poética de lo imperfecto, lo frágil, lo inconforme y, por ello, terriblemente humano. Y es en la pregunta “qué significa ser seres humanos” que el alma de Del Toro se encuentra con la de Shelley, de una forma profunda, que trasciende los siglos.

La novela nació en plena Revolución Industrial, en una época en la que el ser humano pensó que podría dominar la materia, la ciencia e incluso la vida. Mary Shelley tenía 19 años, pero ya había experimentado una de las mayores penas: la de perder a su hija recién nacida. Su madre, Mary Wollstonecraft, una de las fundadoras del pensamiento feminista, falleció al dar a luz. “¡Ya lo he encontrado! Lo que me aterrorizó a mí, aterrorizará a los otros”, escribió en el prefacio de la reedición de 1831 de la novela, todo un éxito editorial en el momento de su primera publicación, para explicar los orígenes de la historia. La reflexión sobre el tema de la creación y la relación entre lo masculino y lo femenino cobra vida en el personaje de Elizabeth, interpretado por Mia Goth. “Elizabeth es el personaje más moderno; es la única capaz de mostrar compasión a pesar de todo”, nos cuenta Del Toro.

En otras palabras, la llave que abre la puerta a la esperanza se esconde en el amor y la empatía, como siempre en el cine del director mexicano. “Jean Paul Sartre decía que el infierno son los demás. En cambio, para mí, los demás son nuestra salvación”, concluye.

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