Cal McMau debuta con personalidad en el largometraje gracias a un drama carcelario tan tenso como contenido. Su mayor fortaleza reside en el excelente trabajo de David Jonsson y Tom Blyth, protagonistas de una historia que se convierte en una de las sorpresas del año dentro del cine británico.
Taylor (David Jonsson) lleva trece años en prisión y está a punto de obtener la libertad condicional. Solo necesita pasar desapercibido unos días más para poder reencontrarse con el hijo al que apenas conoce, pero la llegada de Dee (Tom Blyth) como nuevo compañero de celda lo cambia todo. Impulsivo, carismático y acostumbrado a moverse entre los negocios ilegales de la cárcel, Dee arrastra a Taylor a una espiral de tensión de la que cada vez resulta más difícil escapar. Sobre esa premisa, McMau construye un relato donde la violencia está siempre presente, aunque el verdadero interés reside en la relación entre dos hombres obligados a convivir en un entorno donde cualquier error puede pagarse muy caro.
Sin obviar de los códigos del género, el director demuestra un pulso sorprendente para mantener la tensión durante sus ajustados noventa minutos. Hombres de acero no reinventa el género carcelario, pero se gana un lugar entre los títulos más consistentes de los últimos años gracias a una puesta en escena un relato que no pierde el pulso en ningún momento. A ello contribuye un interesante uso de las imágenes grabadas con teléfonos móviles por los propios reclusos, un recurso que refuerza el retrato del sistema penitenciario de Reino Unido de una película que se interesa por sus códigos y jerarquías.
Gran parte del mérito recae en David Jonsson y Tom Blyth. El primero transmite con enorme naturalidad el desgaste de un hombre que empieza a vislumbrar una segunda oportunidad, mientras que el segundo compone un personaje imprevisible, tan magnético como amenazante en cada escena en la que aparece. Ambos reafirman aquí el enorme talento que ya habían mostrado en trabajos anteriores y se revelan como dos de los nombres más prometedores del cine británico actual. Sus interpretaciones terminan de elevar una película que, si revela a Cal McMau como un director al que convendrá seguir de cerca, también se gana por derecho propio un lugar entre los dramas carcelarios más sólidos de los últimos años.