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Marina Seresesky dirige ‘Islas’, un encuentro de soledades y un esperado regreso a la gran pantalla: “Fue un lujo que a veces uno sueña, hacer una película con Ana Belén”

¿Qué pasaría si Ana Belén hubiera caído en el olvido y viviera cargando con un halo de estrella inaccesible que ya nadie reconoce? Es difícil imaginarlo, pero la actriz vuelve al cine para interpretar a una diva decadente en Islas, de Marina Seresesky.

Uno de los elementos más comentados y esperados de Islas es el regreso a la gran pantalla de Ana Belén. Tras 20 años sin un papel protagónico en el cine, la intérprete pone cuerpo, voz y alguna que otra similitud con su vida a una diva del cine en plena decadencia que regresa al hotel donde fue famosa con la intención de suicidarse. Allí se encontrará con un improbable compañero que cambiará el destino de su gran acto final. Marina Seresesky (Sin instrucciones) confiesa que le costó creerse que fuera a trabajar con ella: “Es un honor que haya elegido una peli mía para volver. Es un drama con mucho de comedia, me gusta transitar el tono que está justo entre esos dos mundos”. La película, cuenta Seresesky, nace de la necesidad de hablar de una desconexión latente en una sociedad que se aísla cada vez más del otro: “Surge un extraño encuentro entre dos personas de mundos y edades totalmente distintas, parto de la soledad para hablar del encuentro y de cómo estamos realmente desconectados”.

Para llevarnos a un no lugar lleno de realidades independientes que no se atreven a mirarse entre sí, la directora sitúa su película en un hotel que se desmorona por momentos y asume riesgos para el universo visual de su historia, que recuerda a una foto de Martin Parr: “Está rodada en cuatro tercios, con plano fijo e inspirada por algunos fotógrafos, pero también por el director Roy Andersson (Canciones del segundo piso), con sus personajes desconectados y grises, siempre esperando algo que nunca sucede”. Durante el proceso de escritura, Seresesky también se atrevió a salir de su zona de seguridad. La directora acostumbra a construir el guion pensando en los intérpretes, pero esta vez se obligó a que no fuera así. El resultado superó las expectativas: “Empecé a pensar que había ciertas coincidencias entre el personaje y Ana Belén: fue niña prodigio y todo un icono, aunque su carrera no entró en decadencia y ella es una actriz accesible, entregada y moderna. Por un lado, es fácil hablar con ella; por otro, supo representar el mundo de diva olvidada de los años 70”.

Solo faltaba encontrar a su coprotagonista, uno que cumpliera con la difícil tarea de generar una relación estrecha con ella sin que el espectador espere una deriva romántica. Manu Vega (Reversión) cumplía los requisitos: “Es lo suficientemente diferente a Ana como para funcionar como pareja sin caer en clichés. Entre ellos surge una relación transgeneracional”. Pocos saben que la artista, como su personaje, no utiliza su nombre real: Pilar Cuesta. Todas estas similitudes profesionales y el radical antagonismo de sus caracteres hicieron que aceptara el papel: “Fue un lujo que a veces uno sueña, hacer una película con Ana Belén”.

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