Su nueva película, Ariel, explora conceptos como la libertad y el libre albedrío inspirándose en uno de los grandes genios de la literatura. Nos habla sobre la atracción entre opuestos, la inmortalidad de Shakespeare y las bondades de la ficción
La colaboración que no pudo ser. “Ariel nació en forma de proyecto conjunto con el cineasta argentino Matías Piñeiro. Él y yo somos amigos y nos admiramos mutuamente pese a que nos interesan temáticas y lenguajes cinematográficos muy distintos; precisamente por eso, sentimos que trabajar juntos nos iba a permitir aprender mucho el uno del otro. Matías, que lleva años explorando los textos de William Shakespeare a través de su cine, me propuso que adaptáramos juntos la que fue la última obra del maestro, La tempestad, porque entre todas las que escribió es la que más sintoniza con mi sensibilidad creativa en cuanto que propone una visión de la naturaleza enraizada en el animismo e invita a una exploración de lo onírico y lo espectral. Pero, en su momento, él tuvo que abandonar el proyecto debido a problemas de calendario provocados por la pandemia y, en lugar de abandonarlo, preferí arriesgarme a completarlo yo solo. Decidí centrarme en el personaje de Ariel, espíritu al servicio del duque Próspero, porque simboliza la búsqueda de la libertad”.
El Bardo nunca pasa de moda. “Antes de empezar a trabajar en Ariel yo había leído seis o siete obras de Shakespeare, las más importantes y alguna otra, pero nunca me había interesado en trabajar con alguno de sus textos hasta que llegó la propuesta de Matías. Para explicar por qué siempre es oportuno adaptarla al cine, diría que su literatura alcanza cotas de profundidad explorando las emociones y la psicología humanas que nunca después se han igualado, y para ello usa las palabras con una precisión y un poder evocador asombrosos. Pero lo que hace a Shakespeare eterno es la carga poética de la que dota ese análisis tan incisivo de ánimos y comportamientos, gracias a la que sus textos permanecen abiertos a las más variadas interpretaciones y relecturas”.

Bienvenido a la ficción. “Yo me he curtido como artista sobre todo en el ámbito del documental antropológico, y hasta ahora siempre había sentido cierto recelo hacia la ficción, principalmente porque no estaba convencido de ser capaz de obtener veracidad y poesía a través de la escenificación y la dramatización de la realidad frente a la cámara. Por eso creo que, en el contexto de mi trayectoria como cineasta, Ariel puede considerarse una bisagra, o un punto de inflexión; gracias a ella he comprendido el inmenso poder de la ficción para ahondar en lo real. Dicho de otro modo, la ficción ha entrado en mí, y no hay vuelta atrás. De hecho, ya estoy trabajando en un nuevo proyecto, de más envergadura y más anclado en la ficción que nada de lo que he hecho en el pasado, y que desarrollaré en Filipinas”. (Por Nando Salvá)