Suele decirse que, con la llegada al mundo de un nuevo niño, no solamente nace un hijo: nacen, también, dos padres. Y todo ello trae nuevas ilusiones, nuevos horizontes, nuevas formas de amor… Y alguna que otra pesadilla. Porque, ¿qué ocurre cuando la paternidad transforma tan profundamente a una persona que quienes la rodean apenas logran reconocerla? De este inquietante planteamiento nace Tenéis que verlo, el último corto del cántabro Nacho Solana, una afilada comedia negra en clave de horror que convierte la llegada de un hijo en una oscura historia de posesiones.
Sus protagonistas son una pareja de treintañeros sin descendencia (interpretados por Paula Usero y Pablo Gómez-Pando) que, una noche, visitan a unos amigos que acaban de ser padres (Andrea Guasch y Juan Blanco). Lo que inicialmente apuntaba a ser una reunión cordial para conocer al bebé comienza, pronto, a cobrar un cariz inquietante: como aquellos seres “sustituidos” de La invasión de los ultracuerpos, los recién estrenados progenitores, de mirada perdida y semblante agotado, parecen haber sido despojados de sí mismos, convertidos ahora en servidores absolutos de una criatura cuya presencia amenaza con absorberlo todo.
El corto, que ha pasado por las secciones oficiales de Málaga y Sevilla y que ganó el Premio del Jurado de la sección Panorama en el último FANT de Bilbao, está filmado casi íntegramente en el interior de una vivienda de nueva construcción. “Me interesaba jugar con las posibilidades dramáticas del encierro”, cuenta Solana: no es difícil, en la enrarecida atmósfera de Tenéis que verlo, hallar ecos de la paranoia doméstica de Polanski o del desasosiego psicológico que Madre!, Speak No Evil y Hereditary extraen de los vínculos familiares (tres títulos, estos últimos, que el director cita como principales referencias).
La idea para esta historia surgió durante el desarrollo de un largometraje sobre la paternidad que Solana prepara junto al guionista Jordi Fraga. “El conflicto estaba entre nosotros mismos”, explica el director. “Yo soy padre y Jordi no. Él aportaba la mirada de quien ve cómo sus amigos parecen hipnotizados por la crianza; yo, la experiencia de haber vivido esa transformación desde dentro”.
Padre desde 2014, Solana reconoce que la llegada de un hijo supuso el cambio más radical de su vida. “Y, si eliminas todo lo bueno que tiene la paternidad y te quedas únicamente con la parte negativa, lo que obtienes es una historia de terror”, añade. “La pregunta es muy incómoda, pero da mucho juego: ¿Cuánto de nosotros mismos sobrevive después de convertirnos en padres?”.
