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Maggie Civantos: “Quiero ser perra vieja: el tiempo te hace más feliz porque todo te da más igual”

Maggie Civantos

Su vida cambió con el éxito de Vis a vis, tras años picando piedra y cuando empezaba a pensar en tirar la toalla. Decenas de series y películas más tarde, la actriz estrena Días de agosto y nos habla de su recorrido, de su presente y de los retiros que organiza.

Verano de 2014, una semi desconocida malagueña acude al Festival de Cine de Fuengirola como representante del amplio reparto de la película independiente Temporal. En aquella cita cinéfila, el arriba firmante participaba como jurado junto a Alberto Rodríguez y al director de casting Luis San Narciso, entre otros. En alguna relajada charla, propia de esas pequeñas muestras cinematográficas que a menudo unen en la misma mesa a periodistas y cineastas, a intérpretes y jurados, la actriz en cuestión comparte inquietudes y anhelos. Su nombre es Maggie Civantos, roza la treintena y a sus espaldas carga mil y una experiencias: teatro underground, cortometrajes, pequeñas apariciones en cine y papeles episódicos en series. Su carrera no acaba de despegar y empieza a perder la esperanza. Abril de 2015, menos de un año después, Antena 3 estrena la serie Vis a vis, cuyo reparto encabeza junto a Najwa Nimri. La protagonista de estas páginas aún no es consciente, pero su vida acaba de dar un giro radical.

Pasada más de una década, Maggie Civantos (Málaga, 1984) es una de las caras más conocidas de nuestra televisión. No solamente por Vis a vis, también gracias a Las chicas del cable, Malaka, Express o La pasión turca. Paralelamente, ha rodado películas como El mejor verano de mi vida (2018), Antes de la quema (2019), Leo & Lou (2025), Bajo un volcán (2025) o Días de agosto, el drama de Chema de la Peña que llegará a las salas el próximo 28 de agosto, y que nos sirve de excusa para charlar con ella.

Ha llovido mucho desde Fuengirola. Tu carrera no acababa de despegar, y poco después llegó el pelotazo. Recuerdo que Luis San Narciso hablaba muy bien de ti y poco después fue clave para que protagonizaras Vis a vis.

Es verdad, así fue [risas]. Yo creo que las cosas no vienen porque sí. Recuerdo que había hecho una peli que a él le había gustado, y me llamó para Bienvenidos al Lolita, una serie que no funcionó. Pero, para Vis a vis, fui de las últimas incorporaciones. No me podía creer que le hicieran pruebas a todo el mundo menos a mí. Empezaba a entrar en el bucle, y es verdad que fue un momento muy determinante en mi vida: yo pensaba, si esto no sale, me voy de España, te lo juro.

Salió…

Sí, y creo que, al final, para mí fue una lección de vida: entendí que a veces no hay que empujar las cosas. Cuando una trabaja duro, si aquello no sale, hay que pensar en otros caminos. Al final la vida me puso donde quería, pero empezaba a estar harta de aquella pelea, porque era muy frustrante. Y yo no era feliz. Me planteaba coger la mochila y largarme a viajar. Fue tomar esa decisión y aparecer Vis a vis. Y todo cambió. Ahora sigo teniendo metas nuevas, este año he dirigido mi primera película, por ejemplo. Pero al final, si algo no sale, pues es que no tenía que ser. Una tiene que trabajárselo, pero sin agobiarse, sin frustrarse. Porque lo importante es el camino. Entonces es verdad que aquel 2015 fue un año en el que me replanteé muchas cosas, hasta que todo hizo ¡clac!

¿Ese camino fue un buen aprendizaje para lo que llegó después?

Fue una lección de vida, sí. Y después todo cobra sentido con un trabajo que amo, que me apasiona. Me siento agradecida todos los días, te lo juro, tras 12 años de no parar. A veces, cuando estoy medio quejosa con determinadas situaciones, que también es normal, siempre vuelvo a aquel momento más difícil. Tengo ese hábito de volver a agradecer, porque somos muy pocos los que nos podemos dedicar a esto. ¡Y me ha costado mucho! También aprendí que, cuando no trabajo, quiero estar donde quiero estar. Por ejemplo, con la pandemia, me fui a vivir a Ibiza. Para mí, la felicidad es ser todo lo libre que una pueda. Porque somos todo lo libres que nos dejan. Y la verdad es que en Ibiza estoy muy bien.

Cuando se tiene presente lo que cuesta llegar, ¿el pelotazo se pega de una forma distinta? ¿Se evita el peligro de volverse loca?

De entrada es fácil olvidarse de lo que te ha costado llegar. Pero cuando veo que se me olvida, vuelvo a aquel momento. Ver las cosas con perspectiva me hace disfrutarlas más. He podido estar, y estoy, en proyectos que me han llenado a todos los niveles. En cuanto al pelotazo de Vis a vis, lo que me pasó, y todavía me pasa, es que vivo tanto en mi mundo que sigo sin ser demasiado consciente de que la gente me puede reconocer si se cruza conmigo por la calle, y me gusta porque me hace sentirme anónima. Luego me hago gracia a mí misma al caer en que saben quién soy. Tiene que ver con que el éxito me llegó tarde, a los 30. Lo que a lo mejor sí me costó más fue la exposición en los medios y todo eso. Me trastornó un poco. Tú tienes unas dinámicas y, de repente, debes aprender otras que nadie te ha enseñado en una escuela. Hay quien lo hace de forma natural, y a mí no me salía tan así, quizás por mi timidez. No sé, creo que integré el éxito de Vis a Vis porque me centré mucho en el trabajo y no en lo que rodeaba al éxito de la serie.

De pronto estabas metida en una vorágine…

Claro… empezamos a rodar Vis a Vis en febrero de 2015, y en abril estábamos estrenando. No es lo común. Ahora mismo estoy haciendo La acusación, una serie de Netflix que se estrenará el año próximo. Tienes tiempo de olvidarte y hacer otro proyecto en medio. Así que todo fue tan rápido por las circunstancias que a mí, a título personal, no me dio tiempo a asimilar lo que ocurría. No tuve tiempo de que se me subiera a la cabeza. Estaba trabajando. Eso me quitó mucho estrés. También es verdad que hubo vida antes de Vis a vis, porque parece que todo ocurrió después [risas]. Antes sobrevivía, porque vengo de hacer teatro off en Madrid, y eso me dio mucha seguridad y mucha fuerza para sostenerme luego como actriz.

Este verano estrenas Días de agosto. Un drama sobre el turbio encuentro de cuatro personajes en una casa en Canarias. Y compartes reparto con dos promesas de nuestro cine, Pau Simon y Berta Galo. ¿Te acordabas de tus inicios?

Sí, mucho, y ahí es donde dices… ups, me estoy haciendo mayor [risas]. Ya eres consciente de que ha venido una nueva generación, pero a veces se te olvida. Sí recuerdo pensarlo en una conversación con Pau: yo ya he dejado de ser eso y mis problemas son otros. Pau ni siquiera había estrenado El refugio atómico y estaba con esa ilusión de los inicios, de qué va a pasar. Ahora mismo sueno a abuela Cebolleta. Me sorprendió que tienen cero tonterías, son maravillosos y muy talentosos.

¿Sientes que ha cambiado la realidad de que no había personajes para actrices de más de 40 años?

Creo que las mujeres hemos cambiado, que nuestra juventud y nuestra energía es otra que hace un tiempo, y esto se traspasa a la pantalla. Ya vemos personajes e historias para actrices más mayores. Llega un momento en el que los perfiles cambian: yo no he sentido todavía este bache, y toco madera, sigo haciendo papeles de todo tipo, pero sabemos que va a llegar y es lo normal. Lo que tiene que ocurrir ahora por parte de los creadores, y ya está pasando, es poner el foco en tramas que forman parte del universo femenino en otras edades. En cualquier caso, yo tengo 41 años y me siento estupenda, mejor que hace 10 años. Con la misma energía y más sabiduría.

Antes mencionabas tu primera experiencia como directora, El retorno de Júpiter.

En breve empezamos a buscar distribuidora y con las ventas de la película. Siempre he escrito, pero tenía mucho pudor, y sigo teniéndolo, aunque es un miedo que voy a superar. Levantar una película no es fácil, y de hecho tengo otros proyectos que no he conseguido tirar adelante en años. En cambio, sí salió El retorno de Júpiter, que vino de forma más inesperada. La verdad es que dirigir fue algo natural, porque yo venía de organizar retiros, y aunque pueda parecer que no tiene nada que ver, sí tiene que ver: al fin y al cabo, en esos retiros veo a muchos actores y trabajo mucho con textos, así que, de alguna forma, al final te acostumbras a dirigirlos. Cuando di el paso con El retorno de Júpiter, fue fundamental escoger a la gente adecuada. Y lo hice, tuve un equipo maravilloso, y respecto a los actores… es que Nadia de Santiago es una de mis mejores amigas. También jugaba en casa, literalmente, porque rodé la película en el espacio de retiros que tenía, y que ya no tengo, porque ahora hago retiros itinerantes. Quería despedirme del lugar con una película.

Hablas del Alborada Espacio Creativo. ¿Qué te hizo dar ese paso de hacerte coach?

Supongo que la necesidad de compartir. Empecé con este proyecto hace cinco o seis años con la idea de brindar una experiencia que uniera el bienestar con lo artístico. La creatividad con la naturaleza como fuentes de sanación, para romper bloqueos y acercarnos a la vulnerabilidad de una forma sana. Durante tres años organicé esos encuentros, pero no hacía los talleres, me costaba un poco. Me preguntaba: ¿qué tengo yo que aportar al mundo? Pero, sin darme cuenta, formándome e investigando, estudiando psicosíntesis, me di cuenta de que muchas de las técnicas de coaching y de la psicología transpersonal estaban relacionadas con cosas que yo sabía como actriz. Y creamos el concepto de MEP_Lab: Movimiento, Expresión, Presencia. No me gusta cuando me preguntan si soy espiritual: todos lo somos, otra cosa es que lo practiques. La espiritualidad debería ser un punto de vista y un hábito en nuestro día a día. Y no tanto blablabla.

Todo eso choca en la industria en la que trabajas, casi siempre muy frívola…

Las contradicciones forman parte de la vida, pero yo también estoy en mi proceso de aprender, de sentir, de digerir, de decidir no hacer algo o de hacerlo de otra manera… A veces manejo las contradicciones mejor y otras veces peor. Hay sitios donde no me apetece estar y ya no voy. O ya no me importa. Todo esto es lo que viene siendo hacerse vieja [risas]. Eres más feliz porque te da todo más igual. Lo relativizas todo mucho más, y eso te lo da el tiempo. Te haces más… perra vieja. Es que yo quiero ser perra vieja. Tener 80 años y decir… ¡buah, soy perra y vieja!

Fotos: Getty Images

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