Fue a través de los productores Gerardo Herrero y Pedro Pastor. Ellos habían visto mis películas anteriores y me llamaron para preguntarme si me animaría a dirigir una comedia, un género que nunca había explorado en el cine.
¿Qué había en el guion de Luis Moreno que te hizo aceptar?
La propuesta original ya tenía mucho potencial. Pero había algo que, además, me interesaba especialmente, porque conectaba a nivel temático con mis trabajos anteriores: la idea de las herencias familiares, esas ataduras o trampolines que recibimos sin posibilidad de elección.
La película conecta con una preocupación muy contemporánea: el acceso a la vivienda.
Sí. Al final habla de una realidad que afecta a muchísima gente. Lo interesante era abordarla desde el humor y la ironía sin perder el respeto por el tema.

En este sentido, la película cuida mucho a sus personajes.
Eso era fundamental. Queríamos que el espectador pudiera reírse con ellos, pero nunca de ellos. Mirarlos a los ojos y no por encima del hombro.
La película conecta, de alguna manera, con esa tradición tan española del esperpento y el humor negro.
Sí, claramente. Salvando todas las distancias, tuvimos muy presente el espíritu berlanguiano. Además, es una película profundamente vinculada a Valencia y a una manera muy concreta de observar la realidad.
La historia se articula alrededor de dos familias muy distintas: una de clase obrera, la otra burguesa.
Nos divertía trabajar esa idea de espejo. Son familias opuestas en apariencia, pero que en el fondo persiguen las mismas cosas.
Y esa dualidad también se traslada a la puesta en escena.
Eso es. La familia obrera está rodada de una manera más viva, más cercana, con cámara al hombro. A la otra familia nos aproximamos desde una puesta en escena más contenida, más estática, más fría.
Sin embargo, poco a poco ambos mundos terminan mezclándose.
Porque la película habla precisamente de eso: de cómo esas diferencias sociales existen, pero también de cómo todos compartimos ciertos deseos, miedos y contradicciones.
Además, el guion juega constantemente con las expectativas del espectador.
Creo que funciona bastante bien en ese sentido… La película va proponiendo giros y cambios de dirección que hacen difícil anticipar hacia dónde va realmente la historia.

Es una película muy coral.
Sí. Desde el principio la entendí como una especie de caleidoscopio social. Me interesaba construir personajes reconocibles, en los que el espectador pudiera verse reflejado.
¿Qué buscabas en el reparto?
Actores capaces de moverse tanto en la comedia como en el drama. De hecho, muchos de ellos nunca habían trabajado realmente la comedia.
Tamara Casellas y Ana Wagener, las matriarcas, son las dos grandes protagonistas.
A Tamara la descubrí en Ama (Júlia de Paz, 2021), y desde entonces tuve claro que quería trabajar con ella. Y Ana es una actriz a la que admiro desde hace muchísimo tiempo.
¿Cómo fue trabajar con Aitor Echeverría, el director de fotografía?
Fantástico. De hecho, acabamos de rodar otra película juntos [Buitres], que se estrenará el año que viene. Aitor tiene un gran talento visual, pero, como también es director, entiende muy bien las necesidades de los actores y de la historia.
¿Qué referencias manejaste en el proceso creativo?
Además del cine de Berlanga, tuve muy presente, a nivel temático, Parásitos, de Bong Joon Ho, por esa idea de las dos familias enfrentadas desde posiciones sociales antagónicas.
¿De qué dirías que habla, en una línea, Morir no siempre sale bien?
De la corrupción moral cotidiana que nos afecta a todos; de esas líneas rojas que creemos que jamás cruzaríamos, y de lo fácil que resulta hacerlo cuando sentimos que nuestra felicidad está en juego.