Crítica ‘El Conde’ (Festival de Venecia)

El conde

★★½/★★★★★

Por Cristiano Bolla

Casi todos los países del mundo tienen que asumir un incómodo pasado (o presente) dominado por una figura dictatorial cuya maldad ha redefinido sus contornos históricos y sociales. Italia tiene a Benito Mussolini, Alemania a Adolf Hitler, España a Francisco Franco y Chile a Augusto Pinochet. El Conde, presentada en competición en la 80ª edición del Festival de Venecia, es el intento de Pablo Larraín de reconciliarse con este pasado, demonizándolo de la forma más monstruosamente clásica posible.

El director chileno se confirma como el príncipe de los biopics atípicos: dos años después de llevar al Lido la historia de fantasmas sobre Lady Diana Spencer, esta vez ha decidido explorar el asunto más sangriento de su país. Repaso rápido: en 1973, el general Augusto Pinochet, tras un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, instauró un régimen autoritario más tarde declarado culpable de crímenes contra la humanidad. Se le acusa de haber exiliado, detenido, torturado o asesinado a decenas de miles de chilenos (3.508 muertes oficiales según el Informe Rettig), especialmente en la primera década de la dictadura. Detenido en 1998 en Londres, fue puesto bajo arresto domiciliario y nunca llegó a ser juzgado debido a su muerte.

Para Larraín, sin embargo, además de todo esto Pinochet era secretamente también un vampiro. Sus orígenes se remontan a la época de la Revolución Francesa y él mismo se transforma en una figura literalmente sedienta de sangre, además de poder. En El Conde, sin embargo, lo encontramos agotado por los siglos, oculto al mundo excepto a sus hijos y decidido a morir (de verdad). Antes, sin embargo, la familia intenta asegurar su enorme riqueza acumulada a lo largo de los siglos, con la ayuda de una monja-exorcista-contable, por un lado, y limpiar torpemente su nombre, por otro. Como si los vampiros fascistas también hubieran hecho cosas buenas, en definitiva.

La metáfora del director está muy clara desde su premisa: Pinochet es un monstruo, uno de los más clásicos, y la estética de la película se construye también en torno a esta reinterpretación fantástica, rodada en blanco y negro con una fotografía claroscurista que hace guiños a algunas de las piedras angulares de la filmografía de este género -como el Nosferatu de Murnau o el Drácula de Tod Browning con Bela Lugosi como Príncipe de las Tinieblas-. Las características de la criatura reviven en el dictador y se convierten en el pretexto de una película que se divide entre la sátira política (no sólo limitada a Chile) y algunos modestos matices de thriller.

El problema de El Conde, y su mayor limitación, es que más allá del divertimento contenido en su premisa, no hay mucho más. La acritud generacional que mueve a Larraín, hijo de dos políticos conservadores y criado en el Chile de aquellos años, no va más allá de la invectiva satírica: comparado con Jackie o Spencer, este nuevo biopic es mucho menos matizado, tan burdo como la ironía que acompaña a las escenas en las que la monja enumera todos los crímenes perpetrados por Pinochet contra sus hijos, sin perder nunca la sonrisa en los labios y con un surrealismo subyacente que puede recordar a Wes Anderson en cuanto a ritmo y escritura.

En cierto modo es el Bardo de Pablo Larraín, y no es casualidad que Netflix esté detrás de ambas películas: le ha dado total libertad artística, ha sacado de su pasado y ha sacado todo lo que llevaba dentro jugando con la historia y con el género de las películas de monstruos. Esta libertad es sin duda un punto a favor de El Conde, pero precisamente películas como ésta, la de Alejandro González Iñárritu e incluso The Irishman, de Martin Scorsese, demuestran una vez más cómo el poder no es nada sin control, que incluso una realidad como Netflix quizá debería devolver el equilibrio al poder de producción que otorga a su cuota «autoral».

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