Kei Ishikawa adapta Pálida luz en las colinas, la novela homónima del Premio Nobel Kazuo Ishiguro, quien también ejerce de productor ejecutivo, que rememora la Nagasaki post-bomba nuclear.
Ocho décadas después de que la Segunda Guerra Mundial llegara a su fin, cuando el devastador conflicto está dejando por completo de formar parte de la memoria viva para convertirse exclusivamente en Historia, es importante seguir explorando sus efectos; así justifica su nueva película, Pálida luz en las colinas, el japonés Kei Ishikawa. “La generación que sufrió la guerra en primera persona ha desaparecido casi por completo, y debemos encontrar nuestra propia manera de hablar de ella”, afirma el director sobre esta adaptación que hace del libro homónimo que supuso el debut literario de Kazuo Ishiguro. El premio Nobel lo escribió en 1982, mucho antes de convertirse en una celebridad gracias a novelas como Lo que queda del día (1989) y Nunca me abandones (2005), y representó su primer intento de abordar cuestiones que después se convertirían en la columna vertebral de su obra, como la memoria y el desarraigo cultural.

Situada entre principios de los años 50 y principios de los 80, Pálida luz en las colinas pone el foco en Nikki, una joven escritora británico-japonesa que planea escribir un libro basado en los recuerdos que su madre, Etsuko –una mujer marcada por el suicidio de su hija mayor–, conserva acerca de sus vivencias en la Nagasaki de la posguerra, cuando era una joven enfrentada a complejas dinámicas familiares, nuevas amistades y las secuelas del bombardeo atómico sobre la ciudad. Al escribir el guion, Ishikawa recibió una importante observación de Ishiguro, también productor ejecutivo de la película. “Él sentía que las cicatrices físicas y psicológicas causadas por aquella catástrofe debían ocupar un lugar más destacado en la película que en la novela”, recuerda el director. “Y yo estuve de acuerdo, porque transmitir al mundo el peligro que encarnan las armas nucleares se ha vuelto muy urgente”.
Lo que más le sorprendió durante su investigación sobre la Nagasaki de los 50 no fue la devastación, sino el colorido. “Descubrí que la gente de entonces era más alegre y optimista de lo que habría cabido imaginar”, explica. “Y quisimos que ese color bañara la película porque, en sus representaciones de aquel lugar y aquella época, el cine japonés siempre muestra a gente pobre, hambrienta y triste”.
En cualquier caso, Pálida luz en las colinas permanece suspendida entre dos lugares y dos idiomas; Ishiguro, recordemos, emigró de Japón a Gran Bretaña con tan solo cinco años, y el propio Ishikawa estudió cine en Polonia antes de regresar a Tokio. “Mis compatriotas siempre han dicho que mis películas parecían europeas, así que yo también siento a menudo que estoy entre dos mundos”, afirma. “Y siento una gran simpatía por las personas que se encuentran a medio camino”.