La directora francotunecina Erige Sehiri cuenta en Prometido el cielo una historia sobre tres mujeres migrantes y los vínculos de sororidad y solidaridad que construyen entre ellas, sin idealizarlas.
Como en todo en general, también en la migración, Occidente se mira mucho el ombligo. De ahí que su audiovisual plantee las películas sobre este fenómeno como odiseas para alcanzar Europa o EE. UU. En contraste, la directora Erige Sehiri ambienta su película Prometido el cielo en Túnez, destino soñado para las tres protagonistas de su drama, procedentes de Costa de Marfil, y también para la huérfana africana a la que acogen.
¿Qué te llevó a ambientar tu segundo largometraje en Túnez?
Túnez es la Europa de muchos africanos. Es la plasmación de un efecto pirámide, como si siempre fuéramos un poco más negros que el otro o un poco más blancos o un poco más el otro. Eso nos permite ver lo absurdo de todo esto y comprobar que el racismo es una cuestión universal y humana, ya que tenemos prejuicios respecto a lo que no conocemos, a lo que nos da miedo… y esto viene alimentado por los medios, por la política y por los discursos que se sirven e instrumentalizan la cuestión migratoria.

¿Tu película es como los Reyes Magos, pero en versión femenina. ¿Por qué elegiste dar el protagonismo a tres mujeres y una niña?
Se habla mucho de la migración de los hombres, cuando en realidad hay muchísimas mujeres que migran, de las que casi nunca se cuentan sus historias. Además, investigando para la película descubrí que hay muchas iglesias evangélicas lideradas por pastoras. Yo quería que la niña, Kenza, las imitara a todas ellas: a Marie cuando reza, a Jolie cuando estudia, a Naney cuando se maquilla. Se trataba de ver cómo va a cambiar un poco a estas mujeres con su presencia, pero sobre todo cómo las observa. Y eso no funciona con hombres.
Tendemos a pensar que los migrantes responden a un único arquetipo, pero en tu película señalas diferencias sociales entre tus protagonistas.
Exacto, se les presenta como si tuvieran la misma historia y fueran fotocopias, cuando sus periplos vitales son muy diferentes. Me gustaba, por ejemplo, mostrar que una estudiante también es una migrante, y que no lo es solo por el hecho de ser negra. Toda esa amalgama se aborda en una sola escena, la de la cocina, donde se comprende la personalidad y la clase social de cada una: Marie, con su lado autoritario, un poco matriarcal, habla un francés muy claro, lo que significa que ha estudiado mucho; Jolie se comporta como si no perteneciera a esa comunidad; y Naney se burla de ella diciéndole: «Tú estarás haciendo una carrera, pero no sabes arreglar cosas básicas». Aun así, tienen que formar una familia. Me parecía algo muy contemporáneo y opuesto a las historias de migración de hombres, que suelen ser de soledad.
¿Qué te llevó a rehuir la idealización de la sororidad entre ellas?
Que también está el individuo, que cuenta mucho, sobre todo cuando el peligro es permanente. Por encima de todo, está la cuestión del miedo. Y hoy en día, tal y como está el mundo, lo que hoy es válido puede no serlo mañana. Siempre vivimos así, en la provisionalidad.