Situado en la calle de la Cera, en pleno Raval, el restaurante Can Lluís fue durante 92 años historia y corazón de este barrio portuario y rumbero de Barcelona. Punto de encuentro para artistas, cantantes, actrices, escritores, políticos, vecinos, cineastas y amigos. Una fonda que perteneció a la misma familia desde que Lluís Rodríguez y Elisa Vilaplana lo fundaran en 1929 y hasta su fatídico, injusto y triste cierre, víctima de la especulación inmobiliaria de un fondo buitre.
Pol Rodríguez creció en Can Lluís, sirviendo mesas en ratos libres, terminando deberes entre servicios, esperando a que su padre cerrara la caja y le llenara los bolsillos con el dinero ganado aquel día diciéndole: “Si pasa algo, yo me quedo y tú corres”.
Can Lluís y el cine han ido siempre de la mano, dos caras de su identidad que ahora ha fundido en la serie Ravalear. “El restaurante lo abrió mi bisabuelo, al que mataron con una bomba —una anarquista escondiéndose de la policía en 1946— dentro del restaurante, y a su hijo. Esta historia ya forma parte de la ficción española: la escribe Manuel Vázquez Montalbán en su libro Historias de padres e hijos; y Carlos Ruiz Zafón en El prisionero del cielo; ha salido en no sé cuántos documentales…”, relata Rodríguez.
“Y como estaba cerca del Paralelo, ha sido un restaurante muy atado al mundo cultural de Barcelona. En mi primera película trabajé como meritorio con Ventura Pons, que venía a comer al restaurante; y mi primera película como ayudante de dirección me la propuso Joaquim Jordà en las mesas del restaurante mientras yo le servía, e hicimos De nens, que era un documental sobre la degradación urbanística del Raval, que rodamos en 2002… y 25 años después estoy hablando sobre la misma problemática en una serie y sin tener el restaurante…”.

Rodríguez aún suena sorprendido, escéptico y afectado ante todo lo que vivieron durante aquella lucha “de cinco o siete años” contra el fondo buitre que les arrebató Can Lluís en plena pandemia. En lo más difícil de aquella pelea él estaba rodando Un año, una noche con Isaki Lacuesta —a quien también conoció en el restaurante— y ya llevaba tiempo queriendo escribir algo sobre todo aquello que les estaba pasando con el restaurante y que estaba ocurriendo en muchas otras ciudades.
De ahí nació Ravalear, que codirige con Lacuesta —después de trabajar juntos en Segundo premio—, una serie de seis episodios estrenada con éxito en la pasada Berlinale, la primera vez que una serie española pasaba por el festival alemán. Un proyecto que nace de su historia personal y familiar, pero también de su observación y preocupación sobre el presente y el futuro de los barrios, la pérdida de identidad de las ciudades, el desamparo de los más vulnerables frente al imparable enriquecimiento de los más privilegiados y la necesidad de una rebelión colectiva, quizá nuestra única esperanza. Por eso, ha llegado a definir la serie “como una venganza fílmica”.
“De repente, cuando nos desahucian, me doy cuenta de que tengo que hacer esta serie. Y empieza a entrar esta realidad dentro de mi ficción. Empiezo a introducir toda la trama del restaurante y de la familia”, explica. “Y empiezo a pensar cómo todos estos sentimientos que pasamos durante tanto tiempo, todo este proceso de angustia, de depresión, eran elementos muy de thriller. Y también esos comportamientos de ciertas empresas que están por encima de la ley, que me parecían muy mafiosos”.
Pero él no quería hablar de mafias ni de poder, quería hablar de gente, “interpelar a todo el público”, continúa: “Y empecé a pensar cómo estos elementos de opresión ciudadana podía usarlos, pero de manera dramática y totalmente cinematográfica”.
Ravalear es, de hecho, una “experiencia cinematográfica 100%”, desde el lenguaje visual hasta el diseño sonoro. Y todo eso lo marcó el propio barrio: si querían ser fieles al Raval tenían que desaparecer en él, ser uno más. No ir y aprovecharse de él, como todos hacen, sino colaborar, entenderlo, vivirlo, como Rodríguez y su familia lo habían vivido y comprendido siempre.
“El Raval es un barrio que te empuja, en el que siempre están pasando cosas, no puedes estar quieto y esta idea de dinamismo la tenía muy clara desde el principio”, cuenta Pol. Por eso pensó siempre en una banda sonora techno “con muchas piezas musicales zapatilla, muy de bailar, pero que va transformándose también”.
Rodaron con dos cámaras para mantener ese dinamismo y, sobre todo, el realismo. Quería capturar, casi como en un documental: mezclaron actores profesionales con gente del barrio, siguiéndolos por detrás con las cámaras, metiendo zoom para que no supieran si estaban en plano corto o plano general, poniéndolos en igualdad de condiciones, “una sensación de cámara robada” por la que acaban borrando las caras de gente anónima. “Creo que le da un tono de veracidad, pero también de peligro”, apunta el director.
Además, al oír tagalo, árabe, urdu… te sitúas inmediatamente en esas calles. “El diseño sonoro es muy importante”, dice. “Solo con el audio puedes saber en qué espacio estás de la ciudad, su estructura racial”, apunta. El inglés, el italiano o el francés no se escuchan en el Raval.
APRENDICES DE COCINA

Y el sonido cambia por completo cuando entramos en Can Mosques, el restaurante de Ravalear que regentan los protagonistas y que, como el de la familia de Pol Rodríguez, está amenazado por desahucio. Eligieron un local real en el barrio y lo transformaron llenándolo de los recuerdos de Can Lluís. Los actores pasaron por cursos de cocina y camarero, y la madre de Pol fue coach de la madre de la ficción, Lluïsa Castell, para que supiera cómo reproducir los mismos platos por los que Can Lluís fue famoso —las carrilleras, los arroces…—. “Creo que el equipo entendió que esto para nosotros era más que un proyecto de ficción, que había algo muy personal dentro”, admite.
Enric Auquer es Àlex —que sería un poco Pol porque, como él, no para quieto—; Quim Àvila es David, su hermano. Los dos están intentando salvar el negocio familiar, que aún tiene al mando a sus padres —Frances Orella y Lluïsa Castell— y, con la ayuda de la mujer de Àlex, abogada e interpretada por Maria Rodríguez Soto, luchan contra un agente inmobiliario del barrio, un hombre cutre y cruel —Sergi López— que trabaja para el fondo dirigido por Claire, personaje interpretado por Alba Guilera.
Y, además, hay okupas, vecinos inmigrantes buscando casa, narcopisos… unos y otros, todos desesperados moviéndose hacia delante a toda velocidad, todos presionando a los demás.
“Vas viendo cómo los personajes se van ahogando, intentan sobrevivir, pero nadan a contracorriente y, poco a poco, en este intento de salvarse a ellos mismos se van embarrando más y cada vez el lodo está más arriba y no saben cómo sobrevivir”, explica Rodríguez sobre ese ritmo frenético de thriller cargado de situaciones reconocibles, vistas todos los días a tu alrededor o en las noticias.
“La intención es que cada uno entre dentro de la serie y se ponga en duda a sí mismo, reflexionar qué parte tenemos nosotros de culpa”, cuenta Rodríguez. “Ninguno de nosotros estamos exentos. Nadie es tan malo, ni nadie es tan bueno”. Ravalear nos pide que “al menos, paremos a pensar un poco”: “Los mismos que no tienen casas se van de viaje a otra ciudad y alquilan un Airbnb, que es parte del problema”.
Y, a pesar de todo, hay un hilo de esperanza, el que une a todos los vecinos para plantar cara a los fuertes que siempre van un paso por delante. “El Raval es un barrio defenestrado, estigmatizado, claro que pasan cosas, pero también es uno de los barrios que tiene más asociaciones y ONGs de Europa”, explica Rodríguez, que con la serie apela a ese espíritu de comunión y “de rebelión, de levantarnos y de no aceptar lo que ocurre, de que juntos seremos más fuertes, de proteger a la gente”.
La serie en sí es una forma de unión, de venganza, sí, y mucho más. “Ravalear está basada en la historia de mi restaurante, de mi familia, fue un proceso de lucha muy largo y muy traumático y esto es lo que tiene el cine, ¿no?”, reflexiona Rodríguez. “El arte te da la posibilidad de sanar de alguna manera, de pasar mejor el tránsito, compartiéndolo. Nos está sirviendo mucho a nosotros para pasar página y poder decir lo que tenía ganas de decir”.