Ahora, los creadores chilenos Francisca Alegría, Fernanda Urrejola y Andrés Wood se reapropian de la novela y ponen de largo la versión seriada de esta saga familiar que recorre medio siglo de historia a partir de las vidas entrelazadas de tres generaciones de mujeres. Lo hace en castellano y con un star system latino donde conviven actores mexicanos, argentinos, españoles y del país tricontinental.
“En 2026, ya no hemos de seguir aspirando, sino que ya tenemos el talento en nuestros territorios: América Latina y Europa”, apreciaba Alegría en la pasada Berlinale, donde se abrieron al público las puertas de la hacienda de Las Tres Marías. Bajo su parecer, en sus ocho episodios, el equipo no solo cumple la deuda histórica de filmar este relato icónico en tierras chilenas, sino que ofrece una ventana a la idiosincrasia del cono sur, con sus paisajes fríos.
Nuestro país ha sumado al elenco a Eduard Fernández, Maribel Verdú y Nicole Wallace. El trabajo de preparación fue exhaustivo para lograr una cohesión sonora entre todos los acentos. Según compartió Urrejola, se trabajó con una coach para neutralizar dejes, pero priorizando siempre la emoción en la interpretación: “No tenía que quedar perfecto. A Eduard Fernández, para tranquilizarlo, porque estaba aterradísimo, le decíamos: ‘Tú tranquilo que nuestros abuelos eran todos españoles”.
Como en el original literario, la trama se ambienta en un país de Latinoamérica no identificado, marcado por la agitación política, la lucha de clases y la presencia constante de lo sobrenatural. Para las showrunners, volver a la novela décadas después de su primera lectura fue revelador por su vigencia. Francisca Alegría recuerda haberla leído al estrenar la adolescencia, pero reencontrarse con ella tras el reciente estallido social en Chile, “cuando empezó este renacer revolucionario” en su país, cambió su perspectiva y le impactó “lo moderna y lo actual que era la mirada de Isabel”. Según la directora, la dictadura es parte del pasado, pero “las corrientes subterráneas que tensionan este patriarcado del que parece que no podamos escapar” siguen plenamente vigentes.
Fernanda Urrejola la secunda y destaca que Allende fue una adelantada a su tiempo al tratar temas que hoy son tendencia en la psicología moderna, como la sanación del trauma transgeneracional. Así el concepto de “gran constelación familiar” sirvió de brújula para la adaptación.
Uno de los cambios más significativos respecto a la novela es el peso que la serie le ha dado a la nieta, Alba (Rochi Hernández), desde el primer episodio. Mientras que Allende mantiene cierto misterio sobre quién narra los acontecimientos, la serie decide poner al último eslabón del clan Trueba al frente de la memoria.
La decisión radica en que este personaje es el único capaz de articular la historia completa, que compone al adentrarse en los diarios de su abuela. “Clara (Nicolle Wallace) quedó muda, no pudo hablar, lo escribió en sus diarios y no se lo mostró a nadie durante toda su vida”.
Es el recorrido de la nieta el que nos permite entender esta historia, con una nueva conciencia que le hace posible comprender y mirar desde afuera”, se justifica Wood.
Trasladar el realismo mágico a la pantalla sin caer en artificios forzados fue otro de los retos. El equipo decidió que lo fantástico debía nacer de lo cotidiano. Tenían una máxima: que sus decisiones no recordaran a “Harry Potter”. “Los fantasmas en la serie no son transparentes ni tienen un halo, sino que son de carne y hueso”, explica Alegría. Para ella, los elementos mágicos, como la niebla amarilla con la que se cierra el tercer capítulo, deben ser “espacios emocionales”. Se trataba de ser coherentes con la cultura chilena, donde lo sobrenatural se integra en la vida sin cuestionamientos, y añade: “Si viene un señor a tomar algo contigo, no se sabe si está vivo o muerto y ni siquiera importa”.
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