En La desconocida, Ibáñez, una detective (Candela Peña) y un oficial (Pol López) tratan de esclarecer un truculento caso de secuestro cuando una joven (Ana Rujas) es localizada en un contenedor en el puerto de Barcelona, maniatada, desorientada y con la memoria en blanco.
Una de las cosas más interesantes de La desconocida, y que la alejan de muchos thrillers al uso, es su entramado visual. ¿Cómo lo planteaste?
Para mí, la atmósfera es siempre fundamental. Como director, sigo un proceso muy concreto: durante el proceso de preproducción visito las posibles localizaciones con mi propia cámara, buscando texturas, colores y espacios. Después, junto al director de fotografía y a los departamentos de arte, vestuario y maquillaje, construimos una biblia visual de la película. En este caso, la intención era mostrar una Barcelona alejada de la postal turística: sofisticada, sí, pero también oscura y extraña, donde hubiese espacio para lo gris y lo decadente.

Más allá de la trama policíaca que vertebra el relato, la película presta verdadera atención a sus personajes. No son meros peones de la narración: poseen aristas, contradicciones y un pasado. ¿Era algo buscado?
Sí. En este sentido, contar con Candela Peña, Pol López y Ana Rujas en los papeles principales fue un lujo absoluto. Son actores que no quieren limitarse a decir sus líneas: les interesa construir un trasfondo, una historia detrás de cada personaje. En la película, los tres parecen estar en pleno proceso de demolición, emocionalmente hablando, y eso es algo que aporta densidad y complejidad al thriller.
Además de la puesta en escena y el diseño de los personajes, también llama la atención el trabajo sonoro. Hay un uso muy comedido de la música, alejado de subrayados emocionales. ¿Por qué esa elección?
Exacto. Preferíamos que la atmósfera sonora tuviera más peso que la música. En esta ocasión he vuelto a trabajar con Gabriel Gutiérrez; en mi opinión, el mejor diseñador de sonido de España. Queríamos que el espectador sintiese cómo suena la calle, la comisaría, el puerto o el hostal decadente en el que se alojan los personajes. La música en el thriller puede manipular mucho la emoción; el diseño sonoro y el trabajo con el ambiente, en cambio, son más sutiles. Tienen un potencial más psicológico e inmersivo.

Han pasado 12 años desde tu último largometraje, Autómata (2014). ¿A qué te has dedicado en este tiempo?
En este tiempo he trabajado mucho en televisión. Por ejemplo, en la miniserie El silencio, de Aitor Gabilondo, que rodamos para Netflix en 2023. Trabajar dirigiendo ficciones seriales me ha ayudado mucho a entender que la relación con el espectador no siempre es la misma. Hacer televisión y hacer cine son experiencias distintas. Si bien las herramientas son las mismas, lo que puedes exigirle al espectador en uno y otro soporte es distinto. Esto se refleja en el tamaño de los planos, en el ritmo de la narración, etcétera. A la hora de diseñar un proyecto, esto es clave: saber dónde va a ser consumido.
¿Cómo te llegó La desconocida?
Recibí la propuesta de dirigir la película cuando el guion de Lara Sendim (Contratiempo, 2016; Los renglones torcidos de Dios, 2022) ya estaba bastante avanzado. Aquella primera experiencia con Netflix, en El silencio, había sido muy grata. Me propusieron rodar La desconocida y entré encantado porque, ante todo, soy muy lector de novela negra y Barcelona me parece un lugar profundamente ligado al género; una ciudad portuaria que, además de ser muy cinematográfica, tiene una gran tradición de noir. Basta pensar en las novelas de Vázquez Montalbán.
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