Coproducción italo-española, Sucederá esta noche se estrena en Perlas después de haber competido en Venecia.
A lo largo de los años, Greta (Jasmine Trinca) y Matteo (Louis Garrel) siguen cruzándose en momentos inoportunos; entre un enredo de complicaciones personales y familiares, su amor nunca parece destinado a florecer plenamente. Sin embargo, ambos están dispuestos a esperarse mutuamente («Te esperaré, el tiempo que haga falta. Pero ¿sucederá, tarde o temprano?»), partiendo de aquel momento inolvidable en el que Greta entró en una pista de tenis vestida de novia mientras Matteo jugaba un partido con su hermano.
Tras el audaz autorretrato de madurez que supuso El sol del futuro –un catálogo caprichoso e introspectivo de excentricidades y referencias cargado de guiños para los seguidores–, Nanni Moretti ha vuelto a recurrir a la obra del escritor israelí Eshkol Nevo (previamente adaptada en la cerebral, clínica y en gran medida incomprendida Tres pisos) para Sucederá esta noche. Con esta película, el director regresó a la competición de Venecia 37 años después de la polémica proyección de Vaselina roja, un evento que se produjo tras el rechazo rotundo de la cinta por parte del entonces director artístico, Guglielmo Biraghi. Podría decirse que esta es la película más insólita y románticamente excéntrica de su carrera, así como la más cálida y abiertamente sentimental.
El filme se basa en la colección de relatos Legami de Nevo: algunas historias aportan las relaciones, otras los personajes y, en ciertos casos, apenas una sola imagen. Más allá de ser una historia de amor en sentido estricto, es imposible no interpretar la película de Moretti desde una perspectiva psicológica; lleva tiempo salpicando su filmografía con elementos que invitan precisamente a este tipo de lectura, desde su inolvidable y cáustico alter ego Michele Apicella hasta su etapa posterior, más cercana al formato de diario personal.
En esta ocasión, el protagonista –interpretado por Garrel– es una versión del propio Moretti (muy al estilo del protagonista de una película de Woody Allen), situado en un entorno más polifacético y fragmentado que nunca, todo ello destilando el aire de una sofisticada comedia francesa.
Se trata de un género poco explorado en el cine italiano, pero que el cineasta se ha atrevido a abordar aquí en primera persona; quizá sea la primera vez que no gira en torno a sí mismo ni a su propio universo egocéntrico y ensimismado, desprendiéndose así de muchas de sus idiosincrasias neuróticas. Es un acto de catarsis que le llevó a abrazar plenamente el romance al estilo de Truffaut, creando por fin su propia versión personal, una que probablemente llevaba mucho tiempo soñando realizar. Como cabía esperar, Sucederá esta noche es una obra que oscila entre lo onírico y la ensoñación, entre lo delicado y lo erótico, entre la dinámica coral y la introspección privada (en la que, no obstante, se perciben trazas de lo político: vestigios que, aun siendo residuales, distan mucho de ser meros sucedáneos).

Como actor, Moretti había rodado anteriormente una intensa y muy comentada escena de sexo con Isabella Ferrari en Caos calmo; como director, había dirigido otra –decididamente cruda y rayana en el abuso– protagonizada por Riccardo Scamarcio y Denise Tantucci en Tres pisos. También en aquel caso, el elemento erótico seguía la trayectoria freudiana sugerida por el título, aludiendo a los tres estratos de la psique: el ello, el yo y el superyó. Aquí, sin embargo, da paso a secuencias físicas entre los protagonistas que poseen una cualidad extraña e inusualmente dulce y sensual. Se presenta una fisicidad desinhibida en el contexto de un cálido abrazo –que envuelve tanto al espectador como a los personajes, acariciados y acunados de principio a fin– dentro de un guion donde el característico «estilo Moretti» aflora solo de forma intermitente, relegado a detalles menores y peculiaridades de la puesta en escena (ya sean bofetadas o ligeros tirones).
El guion –elaborado con la ayuda de sus colaboradoras de confianza Federica Pontremoli y Valia Santella– revela cierta rigidez, reflejada en un tono narrativo desigual, arriesgado y no siempre centrado; por momentos, puede resultar artificial y algo forzada (sobre todo en la primera media hora, antes de que la premisa del filme se aclare por completo y de que los conflictos –así como los asuntos del corazón– terminen de desarrollarse). No obstante, incluso para los seguidores más acérrimos de Moretti (o los admiradores de la etapa de Apicella), será un placer verlo abordar una historia romántica que se percibe como una liberación de los demonios del pasado, una búsqueda marcada por la nostalgia y el pesar.
No es casualidad –dada la sutileza con la que el director salpica su universo de elementos abiertos a la interpretación, despojándose de máscaras y afectaciones– que Moretti aparezca curiosamente afeitado en el papel del padre de Greta; algo que, que yo recuerde, no sucedía desde La misa ha terminado. Tampoco es casualidad que la banda sonora incluya no solo She’s a Rainbow, de los Rolling Stones (acompañando la habitual escena de baile coral), sino también en el concierto de Bruce Springsteen (junto a referencias a Radiohead y Pink Floyd), eje central de un momento conmovedor entre el personaje de Garrel y el padre vividor interpretado por Hippolyte Girardot. Esto supone un cambio respecto a los gustos musicales estrictamente cerrados del padre psicoanalista de La habitación del hijo y evoca, naturalmente, el uso de I’m on Fire en Vaselina roja.
Sucederá esta noche –que también se apoya, y no por casualidad, en la música de Alberto Iglesias, colaborador habitual de Almodóvar– es, en sí misma, una película sobre «corazones hambrientos» y narra la búsqueda de un lugar en el mundo a través de diversas ciudades (Oslo, India, San Sebastián, Roma, Turín). Mantiene una unidad de propósito y sentimiento que resulta a la vez desconcertante e incómoda, en la que el director –por primera vez– se entrega al poder de las emociones (o quizá se resigna a él): las brechas entre la vida real y la vida meramente soñada, y las huellas que deja la melancolía en nuestras vidas, con su fuerza generadora y transformadora, pero también paralizante. Habla del poder de las oportunidades perdidas –quizá nunca perdidas para siempre– y de las reencontradas; de la sensación del paso del tiempo y de las consecuencias que ello conlleva.