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La temporada final de ‘The Boys’ no es una parodia, arranca como el reflejo de los peores miedos y distorsiones de nuestra época

The Boys ha regresado con su quinta y última temporada para cerrar su historia con intensidad. Lo que antes era sátira y parodia, ahora se acerca peligrosamente a la realidad que pretende criticar.

El enfrentamiento final ha comenzado. The Boys regresa a Prime Video con su quinta y última temporada, cuyos dos primeros episodios se estrenaron y concluirán el 20 de mayo. Es el capítulo que finalmente lleva al enfrentamiento final entre Butcher y Homelander, pero también el que, más que ningún otro, deja una extraña sensación: la habitual avalancha de violencia, los inventos grotescos y las imágenes espectaculares siguen presentes, pero el regusto es más amargo de lo normal. No porque la serie haya perdido su ferocidad, al contrario. Más bien, esa ferocidad hoy parece cada vez menos una distorsión del presente y cada vez más un resumen del mismo.

No es sátira, no es parodia

Para la cuarta temporada, The Boys había trascendido la mera sátira o parodia del superheroísmo y la política estadounidense para convertirse en algo más explícito, casi asfixiante. El objetivo era ahora frontal: la radicalización de Homelander, el culto al líder, la movilización de una base dispuesta a justificar cualquier cosa, incluso un asesinato público. Pero la quinta temporada va un paso más allá, desplazando el foco de la caricatura al régimen. El mundo retratado por Eric Kripke ya no es solo una versión exagerada de la América contemporánea, sino una América ya caída, ya entregada a una autoridad fascista que utiliza la propaganda, la represión y el miedo como algo cotidiano.

Lo más llamativo: el contenido político al frente

Lo más llamativo es que The Boys ni siquiera intenta disimular su contenido político tras la parodia. Antes, la serie tomaba tics contemporáneos y los transformaba en una mueca obscena, un chiste malo, un exceso que resultaba hilarante precisamente porque creaba una brecha entre la realidad y su puesta en escena. Ahora esa brecha se ha reducido casi por completo. El Patriota de la quinta temporada no es solo el típico narcisista sediento de adoración: es un líder que gobierna un país donde se reprime la disidencia, se perfila a los enemigos y se reeduca a los fieles para que crean que cualquier prueba en contrario es una mentira fabricada por el enemigo. La sátira aquí es tan negra que resulta difícil incluso reírse.

Inteligencia artificial, noticias falsas y Freedom Camp

Ya queda claro en el uso del lenguaje cultural contemporáneo que se hace en la temporada. Se trata de eliminar las políticas de DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), programas diseñados para corregir las desigualdades históricas y sistémicas relacionadas, entre otras cosas, con la raza, el género, la edad, la discapacidad y la orientación sexual. En el espacio público estadounidense, en los últimos años, este acrónimo se ha convertido en un blanco polémico predilecto de la derecha cultural y política. The Boys no se limita a evocar ese clima de forma genérica: su América patriótica opera dentro de la misma guerra simbólica, donde la inclusión se convierte en una amenaza, la diferencia en sospecha y la idea misma de pluralismo en prueba de traición. Y tanto en el mundo ficticio como en el real, las políticas de DEI están bajo ataque.

Aún más impactante es la forma en que la serie dramatiza la degradación de la verdad. En el primer episodio, Annie logra difundir las imágenes del vuelo 37, evidencia del que quizás sea el momento más revelador de toda la serie: en la primera temporada, Homelander y Maeve llegaron al avión secuestrado; él eliminó a los terroristas, pero accidentalmente destruyó los controles de la aeronave y luego decidió dejar morir a todos los pasajeros, llegando incluso a amenazarlos con láseres antes de perder el control de la situación. Lo que se suponía que lo destruiría es neutralizado en cuestión de minutos en la quinta temporada: la Hermana Sage lo presenta como un deepfake, Firecracker lo vuelve a difundir en el circuito propagandístico, y el propio Homelander aparece en televisión para «probar» que es una invención de la IA. No es solo un brillante recurso narrativo: es la representación de un mundo en el que la prueba ya no es suficiente, porque quienes están en el poder ya controlan la máquina que decide qué es creíble y qué no. Otro detalle con el que lidiamos a diario.

Pero es sobre todo la cuestión de los Campos de la Libertad la que marca el verdadero punto de inflexión. La temporada comienza con Hughie, Frenchie y Mother’s Milk detenidos en estos campos, mientras que los seguidores de Starlight son tratados como una organización terrorista y arrestados por el régimen. Las fotos del rodaje y ahora las críticas ya han aclarado la naturaleza de la referencia: el letrero «La libertad os libera» evoca descaradamente la lógica e incluso la inscripción a las puertas de Auschwitz: «Arbeit macht frei». No es una referencia sutil, ni pretende serlo. Es una declaración poética: The Boys ya no se burla del autoritarismo, sino que escenifica su vocabulario histórico de forma casi literal. En ese punto, cualquier risa se desvanece, porque el mecanismo de la parodia funciona siempre que también prometa distancia, alivio, una vía de escape del miedo. Aquí, sin embargo, esa distancia se reduce hasta desaparecer.

¿Cómo terminará siendo The Boys?

Por eso, The Boys ya no es graciosa, pero no por un fallo de la serie. No ha perdido su chispa ni se ha quedado sin ideas. Al contrario: la quinta temporada parece lúcida, precisa, incluso implacablemente oportuna al reflejar el presente. El problema es que la realidad que la rodea se ha vuelto demasiado similar a su imaginación. Cuando una historia creada para exagerar las distorsiones del mundo termina pareciéndose a un compendio de sus miedos más concretos —propaganda permanente, persecución de la disidencia, campos de concentración para indeseables, verdad reducida a contenido manipulable—, entonces la risa deja de ser liberadora. Se convierte en un mero reflejo nervioso. Y lo que antes era parodia hoy se transforma en un comentario político y social sobre una época que, entre guerras, deportaciones, autoritarismo y genocidios ahora pregonados, ya ni siquiera siente la necesidad de esconderse. En este sentido, The Boys ha dado en el blanco con una precisión impresionante. Solo que el blanco, a estas alturas, ya somos nosotros.

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