La serie de Ryan Murphy es tan trivial como pacífica es una película de Quentin Tarantino. Desde las primeras temporadas de Nip/Tuck, en las que la cirugía estética reflejaba las obsesiones estadounidenses, hasta el universo expandido de American Horror Story, donde fascinación y terror se funden en una oda a lo macabro, su firma siempre ha sido sinónimo de originalidad televisiva. La suya es una firma de autor inconfundible, en la que el exceso no se percibe como tal, la ironía se construye donde más incómoda está y lo grotesco adquiere tintes de glamur. En Glee, convirtió a un grupo de marginados con talento en un fenómeno mundial; en Feud: Bette and Joan reescribió el mito de las estrellas de Hollywood; en Pose dio voz a la cultura ball y a la comunidad LGBTQ+; en Scream Queens jugó con los estereotipos del slasher en clave satírica; y, en Monster, devolvió el true crime al centro del debate cultural.

Ahora es el turno de Todas las de la ley, en palabras de Murphy, “una serie procedimental adulta, con brillo propio y sensual”, en la que el divorcio se presenta como un campo de batalla judicial, social, personal y, sobre todo, femenino. Una historia en la que el encanto de los tribunales sirve para poner el dedo en la llaga de las relaciones: “Quiero que el público conecte con los personajes, y que, al mismo tiempo, se sorprenda por el modo en que estas historias de separación se convierten también en historias de poder”. La idea es clara: detrás de cada ruptura no sólo hay el final de una historia de amor, sino también la oportunidad de contar la historia del matrimonio en toda su idiosincrasia. Y el punto de partida es tan sencillo como eficaz: un grupo de abogadas deja un bufete dominado por hombres para fundar el suyo propio, especializado en divorcios. Para ellas, el paso de fundar su firma es más que una emancipación profesional, es una auténtica declaración de guerra a un mundo en el que las relaciones de poder están escritas casi siempre por hombres. Su objetivo es ayudar a las mujeres a conseguir su independencia, tanto personal como económica, aprovechando un sistema construido para negársela.

El reparto, como suele ocurrir en sus producciones, es uno de los elementos más destacados. En particular, el verdadero catalizador para captar la atención del público es la elección de la protagonista. Tras asombrar al público con American Horror Story: Delicate, la superestrella Kim Kardashian asume su primer papel importante como la carismática y ambiciosa Allura Grant. Junto a ella, Naomi Watts, Sarah Paulson, Niecy Nash-Betts, Teyana Taylor y la legendaria Glenn Close, con Brooke Shields o Ed O’Neill en papeles secundarios e incluso un cameo de Jessica Simpson. En resumidas cuentas, un reparto con el que Murphy pretende dejar huella mediante una mezcla nada casual de generaciones, idiomas y géneros.