Nos aproximas a la discapacidad con mucha naturalidad. ¿De dónde te nace esta manera de contarlo?
Tengo grandes amistades que tienen discapacidad, entonces he podido vivirla como una normalidad. En esta peli, tú empiezas viendo una silla de ruedas y terminas viendo a Belén. Esa normalización ayuda también a crear referentes, porque Belén atraviesa la adolescencia sin brújula. Mi motivación para hacer esta película fue esa. En la adolescencia, vas configurando tu personalidad según las pelis que vas viendo. Personas que conozco con distintos tipos de discapacidad se ven reflejadas en la personalidad, el carácter, pero hay una cosa física que atraviesa muchísimo tu experiencia vital y que nunca han visto o, incluso, situaciones incómodas que te pueden hacer sentir mejor al saber que hay otras personas a las que les pasa.

Te has animado también a tratar un tema que parece tabú en la discapacidad: la sexualidad.
Tú hablas con cualquier adolescente y gustar y que te guste es de las cosas que más te llenan la cabeza. Esa trama era importante por eso y tampoco quería esquivarla porque hubiera una dificultad física. Me parecía interesante explorarlo desde ahí: si cuando eres adolescente tienes inseguridades, imagínate una situación en la que tienes una característica que lo hace más complicado a priori. Luego, a la hora de tratarla, sí que pensé: esto hay que mostrarlo porque no hay un conocimiento generalizado de esta situación.
En medio de toda esta intensidad, a Belén la pones a practicar atletismo adaptado.
Hay una cosa de reto, de decir: estamos contando la historia de una adolescente que tiene una discapacidad y es lo contrario a lo que te esperas. Creo que el público puede tener unos prejuicios sobre lo que puede o no puede hacer una persona con silla de ruedas y esta película lo que se propone es desmontárselos. De ahí que exista la trama de sexo y de deporte, para decir que las personas con discapacidad también practican deporte y viven todas esas experiencias.