Crítica: ‘Black Mirror: Demon 79’

Black Mirror: Demon 79

★★★½/★★★★★

1979. Norte de Inglaterra. Una noche, una dependienta de calzado de origen indio es visitada por un demonio que asegura que, si la joven no comete tres asesinatos en el plazo de 72 horas, el mundo llegará a su fin. En Demon 79, Charlie Brooker deja de nuevo a un lado (como hizo en Mazey Day, el episodio inmediatamente anterior) la ciencia ficción distópica tan característica de Black Mirror para abrazar los códigos del terror.

No obstante, si bien en el capítulo mencionado el creador de esta serie antológica jugaba al despiste, girando hacia el género tan solo en el tramo final del relato, aquí enseña sus cartas desde el primer momento. Así nos lo deja ver ya desde el arranque mismo del episodio, que sustituye la emblemática intro de la serie (ese cristal que se quiebra sobre las letras blancas del título) por un zoom in de textura analógica, con colores saturados y una tipografía retro que nos trasladan a la pura fisicidad de una serie B setentera (en este sentido, resulta inevitable pensar en la excelente The House of the devil, del cineasta Ti West, filme que, por otro lado, está muy por encima de este capítulo).

Tras tres episodios de mayor carga dramática (Loch Henry, Beyond the sea y Mazey Day), Brooker también se reencuentra aquí con la sátira y la comedia negra, cerrando una suerte de círculo al conectar este último episodio con el tono cínico del que abrió la temporada (Joan es horrible, probablemente la más floja de esta nueva tanda de historias independientes).

Este relato sobre la paranoia nuclear y el auge del fascismo, que cuenta con un fantástico diseño de producción y un muy acertado uso de la lentes anamórficas (con esos flares horizontales y esas distorsiones de barril en los planos generales que nos llevan a pensar en la estética de Carpenter), sirve como guinda para la sexta temporada de la serie y, al mismo tiempo, como pieza inaugural de la etiqueta Red Mirror: en palabras de Brooker, una nueva serie de episodios que, desde las claves del horror, abordarán el pasado (en lugar del futuro, como es habitual en la serie) para hablar de los horrores de nuestra contemporaneidad

Lo mejor: Su delicioso planteamiento visual.

Lo peor: Al igual que sucedía con Mazey Day, es evidente que Demon 79 rompe con la razón de ser genuina de Black Mirror: alertar de los males que podría desencadenar un mal uso de la tecnología. Ambos episodios encajarían mejor, por ejemplo, en una serie antológica de terror como El gabinete de curiosidades de Guillermo Del Toro.

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